ENTRE MUROS
Desdibujar la frontera entre la arquitectura y el paisaje.
Se trata de evocar la poesía del paisaje a través de una típica casa de labranza en el pueblo de Santa Margalida (Mallorca). La idea del proyecto original era hacer desaparecer la vivienda entre los tradicionales muros de piedra seca que pautan la isla desde el mar a la montaña. De ahí su nombre, ENTRE MUROS, un término que encapsula la esencia del hogar soñado y que ejemplifica, además, la conciliación en todas sus formas.
UN TEMPLO EN LA COCINA, esta belleza monumental, acompañada por una encimera de acero inoxidable, es un ancla al mismísimo corazón de la isla. Antaño, la cocina era un lugar de reunión en lugares como Mallorca, esa costumbre se perdió y fue reducida a la condición de espacio escondido, privado y sucio, hasta que la cultura popular la rescató.
La piscina enclavada en la piedra ayuda a suavizar las inclemencias del tiempo: refresca en verano y protege contra el viento en invierno.
En Entre Muros, los tres dormitorios dobles miran al este para capturar los primeros rayos de sol, mientras que, por el oeste, la jornada se despide con espectaculares atardeceres enmarcados en las montañas, que reflejan sus últimas luces en la lámina de agua de la piscina, con forma de cala privada y protegida por piedra y vegetación. “El color”, es fundamental para potenciar ese imaginario rural. Los materiales se presentan en bruto, encuadrando cada mirada.
El espíritu de la región también se deja ver en las rocas y guijarros de diferentes texturas que interrumpen la continuidad del suelo para dar la sensación de estar al aire libre. Se diseñaron los maceteros y las huellas de mortero del jardín de grava intentando reproducir un edén en el interior, desdibujando las fronteras con lo que hay fuera. Las piezas blancas de cerámica evocan una naturaleza que emerge desde el manto de grava conectado a la calle. Junto con el abandono de las viviendas y de las actividades agrícolas, una generación y un modo de vida quedó en el olvido. Dar una segunda oportunidad al campo es fundamental, no solo para no perder las tradiciones locales vivas desde hace siglos, sino para sostener en el tiempo una relación equilibrada con el territorio. Entre las llanuras del terreno emerge una de esas cercas propias del paisaje mallorquín, de 200 metros de largo, que envuelve la construcción de manera casi utópica, colándose hasta su interior.
En el baño, la ducha se convierte en una cascada bajo un cielo protegido por vidrio y paredes de hormigón.
La piedra de marés es una extensión de la propia casa, conectando el interior con el paisaje mallorquín. El interior recoge la calidez de los morteros con base de cal, los linos naturales, el marés y las maderas, generando una atmósfera acogedora que resalta entre el verde, el rojo, el amarillo y el azul del horizonte, como lienzo que cambia con cada estación.
En la piscina se aprovechan las horadaciones del terreno para transformar una antigua cantera de marés en un remanso de paz protegido por masivos de piedra y vegetación.